Fort William Henry, 1757

publicado en: Bélicos, De tablero, Para dos jugadores | 5

A Su Excelencia Sir John Campbell, Cuarto Conde de Loudoun, Comandante en Jefe de las Fuerzas de Su Majestad.

Cuando escribo estas líneas tengo muy presente el sacrificio que supuso poder establecer aquí el fuerte William Henry y la sangre inglesa derramada por el general Johnson y sus hombres en la batalla del Lago George, hace ahora dos años. Pero sin pretender eludir la máxima responsabilidad no habrá Su Excelencia de olvidar los requerimientos realizados y cuan infortunadas condiciones en las que nos hemos visto sumidos estos meses. Tras la sorpresiva y rápida caída de fuerte Oswego era obvio que el siguiente objetivo sería Fuerte William Henry. Tiempo hemos tenido para prepararnos mas nula respuesta recibieron mis solicitudes de refuerzo. Para cuando recibáis esta misiva ya conoceréis los partes en demanda de tropas de socorro que tuve a bien solicitar al general Webb y que juzgará Su Excelencia no motivaban miedos infundados.

Durante la noche del pasado 2 de agosto nuestros vigías pudieron observar grandes hogueras en la margen oriental del Lago George que avisaban de la envergadura de las fuerzas enemigas. Al amanecer constatamos que la flota de barcas francesa transportaba a 6.000 soldados así como millar y medio de indios y abundantes piezas de artillería sobre pontones. Con los 1.700 hombres del 35º Regimiento bajo mi mando la relación de fuerzas era de tres a uno. Nuevamente escribí al general Webb a Fuerte Edward a sabiendas de que poco o nada podría hacer para impedir que el enemigo nos arrebatase la plaza, deseando fervientemente que en esa ocasión mi solicitud sí encontrase respuesta afirmativa y procediese a enviarme efectivos del 60º Regimiento allí destinado.

Al frente de la armada francesa venía Su Excelencia el Marqués de Montcalm quien, una vez las tropas en tierra, ordenó a sus fuerzas en abanico en torno al fuerza, procediendo al cavado de zanjas y al emplazamiento de la artillería, todo con la protección de un constante fuego de fusilería de manos de los indios desde los cercanos bosques y colinas, a razón de un avance de casi 30 metros diarios. Por suerte, las lomas orientales son de difícil acceso y Montcalm no pudo ubicar en ellas sus cañones. Tras tres días de trabajos han logrado situarse a distancia de fuego de nuestras empalizadas.

En la mañana del día 9 el ayudante de campo de Montcalm, Louis Antoine de Bougainville, del que debo decir nos ha mostrado un trato exquisito acorde al de su general y con el que he podido compartir inquietudes afines como las matemáticas y la botánica, reclamó parlamento haciéndome llegar mensaje de su superior por el que se me instaba a rendir el fuerte apelando a la humanidad de evitar el combate impidiendo así que los indios se comporten como en fuerte Oswego.

No pude sino declinar el ofrecimiento avisándole de que los soldados de Su Majestad se batirían hasta el final y confiado, de un lado, en la llegada de los ansiados refuerzos y, del otro, en poder causar suficientes bajas al enemigo como para hacerle desistir del asedio (Nota: El jugador británico, servidor, vence la batalla si logra conseguir seis puntos de victoria, esto es, eliminar seis unidades enemigas. Los franceses tan solo deben penetrar en el fuerte y permanecer en el hasta final del turno en el punto indicado por el marcador, que es donde se haya la bandera británica cuyo derribo tuvo importante influencia moral en los últimos momentos de la batalla histórica).

Los primeros en lanzarse al ataque fueron los salvajes, entre los que el grupo más numeroso era el de los hurones, que destacaban por su belicosidad. Son las fuerzas más impulsivas e incontrolables, con lo que imagino avanzaron por iniciativa propia y no a instancias del francés. Sea como fuere me alegré por ello pues se dispersan mucho más fácilmente que los curtidos batallones galos y sabía me permitirían mantener alta la moral entre las tropas, de capa caída desde la llegada del ejército enemigo.  La verdadera amenaza era la artillería francesa, que concentraba el fuego en el bastión occidental.

Montcalm, haciendo gala de su habitual prudencia, desplazó dos unidades de infantería regular hacia el río, en su flanco derecho con objeto de tantear nuestras defensas y quizás distraerme de la atención en mi flanco izquierdo, el a todas luces más débil y en donde mayor número de fuerzas enemigas estaban agrupadas. Mientras, nuevas piezas de artillería castigaban mi flanco izquierdo como para enfatizar la seriedad de la intentona enemiga.

Nuestros muchachos causaron muchas bajas entre los salvajes pero algunos de ellos comenzaron a subir en tropel por el extremo occidental del fuerte para nuestra sorpresa. Confiando en los veteranos en dicho sector y tras ordenar a la milicia que reforzase la lucha contra los indios, opté por trasladarme hacia el otro extremo para arengar a los milicianos, cuya moral decaía a todas luces por el atronador efecto de los obuses enemigos. Su Excelencia podría ahora, transcurrido todo, discernir que no fue lo más apropiado pero sepa que llegué a tiempo de ver como la infantería francesa diezmaba a nuestros fusileros y comenzaban a colocar escaleras para acceder a lo alto de la empalizada. La situación, relajada unos instante con la eliminación de cuantos salvajes habían escalado por los postes desde el terraplén, se vio dramáticamente complicada con la concentración de tropas francesas en la zona, entre ellos una unidad de granaderos. Por suerte, el castigo a que nuestros hombres sometían a los indios logró aniquilar a dos grupos más de ellos sitos fuera de la empalizada (Nota: En este punto de la batalla el bando británico cuenta con 3 PV).

Montcalm debió pensar entonces que no bastaba con dejar hacer a los salvajes mientras tanteaba las defensas y se limitaba a castigarnos con su artillería. Lanzó una ofensiva en ambos flancos que logró dispersar a los milicianos en el flanco derecho y mermar considerablemente a nuestras unidades en ambos extremos del fuerte, obligándome a desproteger el centro trasladando fuerzas de refresco al flanco derecho y acudiendo yo a elevar la moral de nuestros pobres soldados en el izquierdo, muy castigados por el fuego combinado enemigo de fusilería, parte de los soldados franceses en lo alto de la empalizada, y de esa maldita y atronadora artillería. En honor de los nativos debo decir que quedando únicamente la milicia en nuestro centro supo defender la posición desbandando un cuatro grupo de salvajes que amenazaba con asaltar el fuerte por la que, en esos momentos, era el sector más desprotegido (Nota: Llegados a este punto, el bando británico ya suma 4 PV).

Amparados en su enorme superioridad numérica, soldados franceses acabaron subiendo a la empalizada también en el flanco derecho a la par que una constante cadencia de fuego desde fuera mermaba sensiblemente a nuestros mejores fusileros (Nota: La infantería de élite, cuando es reducida a 1 MP, si recibe más impactos lanza dado para ver si se salva o no. En este caso se salvó dos veces de ser destruida). La oportuna presencia de los refrescos permitió a estos entrar en cuerpo a cuerpo con los franceses en la empalizada debilitando sus fuerzas mientras nuestros casacas rojas veteranos del extremo occidental vendían cara sus vidas logrando casi aniquilar a una de las unidades enemigas que, inmediatamente después, se retiraría del combate (Nota: de quedarse y ser eliminada habría supuesto el quinto PV británico). Presto me lancé a toda prisa hacia dicho extremo de nuestras defensas con objeto de tratar de recomponer nuestras precaria situación.

Aprovechando el empuje en ese sector, los franceses penetraron en el fuerte mientras nuevos soldados enemigos trepaban la empalizada y llegaba una nueva unidad de infantería ligera enemiga al pie de la misma. Esto me separó de nuestros veteranos que, no obstante, descargaron con rabia contra los franceses junto a la otra unidad presente en el lugar, logrando casi destruir la amenaza gala, sin conseguirlo.

Así las cosas no tuve sino obligación de salvaguardar la vida de nuestros hombres viendo ya que conservar el fuerte era imposible y acorde al código de honor militar que dispone que si las defensas se ven superadas y el enemigo, abierta brecha, penetra en el interior de la fortificación, es honrosa la rendición. Además, las estructuras poco más iban a aguantar y, lo que es peor, la moral entre los hombres apuntaba ya a quebrar tras cinco días de asedio y las últimas horas de duro combate, sin mencionar que no había señal alguna de los esperados refuerzos que jamás habrían de llegar *. Ordené alzar bandera blanca y, detenido el fuego, ofrecí la rendición de la plaza en condiciones de honor. Su Excelencia el Marqués de Montcalm nos ofreció partir libres hacia Fuerte Edward sin que mediase saqueo y obligados únicamente a dejar el material militar en el fuerte. Poco podía imaginar yo los horribles acontecimientos que habrían de suceder al día siguiente.

Nuestros enemigos nos agasajaron con un banquete para oficiales y pudimos disfrutar de una reparadora velada. Tras formalizar la rendición y la entrega de enseñas y sable, en la mañana del 10 de agosto emprendimos la salida en columna prestos a recorrer los 25 kilómetros que nos separaban de Fuerte Edward, sin saber que los hurones, quizás sedientos de sangre por la muerte de tantos de sus semejantes en la batalla, nos seguían a corta distancia. La columna era larga e inconexa, desmoralizados como estábamos, con los nativos de la milicia cerrando la marcha. Ellos fueron los que pagaron más alto precio pues los salvajes se lanzaron contra ellos, hombres y mujeres sin discriminación alguna. Los colonos fueron masacrados a decenas, arrancadas las cabelleras de los varones y secuestradas mujeres y pertenencias. No será necesario que muestre a Su Excelencia mi indignación por tal afrenta de la que sé bien obraréis en consecuencia para castigarla debidamente.

No quisiera terminar sin protestar por el infame rumor que circula entre la oficialía, aquí en Fuerte Edward, y por el que mi raciocinio durante la batalla se pudo ver afectado por la presencia intramuros de mis dos hijas, traídas por unos mohicanos al amparo de la noche. En modo alguno semejante situación afectó a mi desempeño de funciones militares y así lo defenderé ante quien sea necesario**. Sin más, concluyo mi informe con la firme convicción de que si bien en esta ocasión se ha perdido una batalla no por ello hemos de pensar que esté perdida la guerra.

Fuerte Edward. 11 de agosto de 1757.

Teniente Coronel George Monro.


* En nuestra batalla no se planteaba poner en juego refuerzos británicos llegados desde el sur habida cuenta de que en la batalla histórica el general Webb negó dichos refuerzos a Monro, cosa que supieron los franceses antes que el británico al haber capturado al correo cuando volvía con la cruda respuesta de Webb. Montcalm envió en el momento oportuno, caída la bandera británica en el fuerte y abatidos aquellos que intentaron volver a izarla, a Bougainville con la carta para desmoralizar aún más a Monro quien, aún así, continuó sin rendirse.

** No se sabe de hija alguna de Monro, de modo que ese aspecto de la novela El último mohicano se ve que es ficción.

Para un mejor visionado de las fotografías se jugó con todas las fichas orientadas hacia el mismo lado del tablero. La partida duró ocho turnos completos. La batalla no figura entre las de la expansión, sino que la confeccionamos nosotros.

5 Responses

  1. Chisco

    Espero que la entrada te llegue a gustar. Tampoco es gran cosa y encima perdí, si bien estuve a 2 PV de ganar la batalla, lástima…
    Muchas gracias por la recomendación. Acabo de visitar El Telegrama Zimmermann y tiene una pitanza estupenda.

    Un saludo.

  2. cesar

    Lo del codigo de honor es cierto¿? Me refiero a las condiciones de izar la bandera blanca con honor si el enemigo penetra en la “plaza” como citas en tu articulo. Te lo digo sin animo de polemica, es que no lo se la verdad y queria conocer si este hecho lo has sacado de algun libro o tratado para ilustrarme con él. Me parece harto interesante. Gracias por el articulo, me ha encantado. De esta manera es como yo personalmente más los disfruto. Un abrazo

    • Chisco

      Tú polemiza todo lo que quiera, que además de que siempre viene bien contrastar ideas y conceptos, es de lo más sano. En el caso de la rendición honrosa, es totalmente histórico. Aunque ya lo había leído en libros, que de memoria no sabría decirte exactamente en cual pero me suena que en el de Libsa de la colección Técnicas Bélicas y creo que en el de Chandler sobre las campañas napoleónicas, la última referencia que leí al respecto fue cuando visité la web sobre la batalla de los Arapiles, de la que como sabes se han cumplido los 200 años. Me he vuelto a pasar por la web para localizar la referencia y la he encontrado: http://www.adap.es/arapiles/submenu.asp?IdMenu=90&CodigoMenu=9
      El fragmento en concreto es el siguiente: «Las viejas convenciones del siglo XVIII permitían que un defensor pudiera rendirse con honor si la brecha se había hecho practicable, si sus defensas habían sido destruidas o si la enfermedad y el hambre reinaban por doquier». Si continúas leyendo el texto observarás que Napoleón cursó orden de fusilamiento contra el oficial que se atreviese a rendir una plaza. Esto se debe a que para el siglo XVIII la oficialía en los ejércitos europeos correspondía a la nobleza. Seguir patrones de comportamiento entre caballeros era aceptable. La guerra de independencia de las Trece Colonias alteró eso, que definitivamente se rompió con la Revolución Francesa, momento a partir del cual se ascendía no por linaje sino por valía personal, algo de lo que el propio Napoleón se benefició para llegar a ser general de brigada.

      Un saludo.

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